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  11-02-2023
 

El gol de Pedro (un cuento malvinero)



 



El gol de Pedro (un cuento malvinero)
Vió como la pelota entraba y su corazón se detuvo. La red inflada,fue la contención de la emoción y la mano del árbitro marcando el final los motivos suficientes para que el grito de "dale campeón" sea una realidad.

Juan siempre supo lo que quería, a pesar de terminar la escuela casi rompiendo la pared para pasar de grado, inteligencia no le faltaba, el tema era que la misma estaba al servicio del fútbol, quería ser jugador, y no un jugador cualquiera, él iba a jugar en Tigre, en "su" matador y solamente ahí, como hizo Pedro Pellegata (lateral que jugó toda su carrera en Tigre). Porque como decía; "Quiero que me abracen mis amigos en cada gol y si me mando una macana, ellos me sabrán perdonar."

Lo tenía bien claro, clarito, ya lo había anunciado a los 4 vientos en su barrio, donde sus gambetas llegaban a oídos de bichadores y trainers que ya le echaban el ojo.

En marzo de 1981 le tocó la colimba y partió con destino Regimiento 6 de Viamonte, antes le prometió a su hermana María que volvía para jugar con ella en el río.

La vida militar no era para él, tanta disciplina, bailes y tarea, afecta a los players revulsivos, él era uno y lo sabía. Cumplió como bien lo marca la Constitución y volvió a su terruño. Siguió la campaña del 81 en su radio Spica, la que heredó del viejo, con Rivadavia en el dial, la voz del Jorge Bullrich lo llevaba visualmente a todas las canchas que su equipo visitaba. Se le venía a la mente ese crack añorado "Chaparrito" *Raúl De La Cruz Chaparro ídolo tigrense* en aquel Tigre 6 - San Telmo 2 de 1977 dónde "el maestro" la rompió. El pecho se le inflaba e imaginaba a la perfección la jugada, sin dejarlo terminar la narración al negro Bullrich. Es que el hincha es un loco soñador y si aparte sos futbolero, porque Juan era bien futbolero, y la cosa se te reproduce sola y no hace falta verlo para estar.

Estar, era lo que Juan quería, los francos escaseaban porque siempre se mandaba alguna macana. Aparte sabían que era hincha de Tigre y de maldad lo chuceaban para dejarlo sin franco el sábado o hacerlo pisar el palito para guardarlo a la sombra. Otro calabozo más, a las pilas de la radio las estiraba al sol, como el sueño de ir a la cancha a ver al matador.

Horisberger Juan Domingo se leía en la celula, era la confirmación que la patria presenta en carta para acudir a defenderla. Los abrazos se mojaron en un salado brote de lágrimas y la despedida se hizo eterna.

La vuelta al cuartel y al mando del rubio de doble apellido, se llamaba Esteban, pero para él era ese que te la devuelve con la mano, porque de fútbol, de fútbol no cazaba una. A pesar que la edad de su sargento era similar a la de él, la carrera militar y el linaje familiar lo pusieron unas tiras más arriba. El destino quiso que se hiciese amigo de Oscar, un muchacho provinciano, morocho, mencho de pelo duro y analfabeto, del que Juan se aseguró cuidar dentro del regimiento 6.

Le hablaba de su Tigre y sacrificando una prenda, su duvet, hizo una pelota de fútbol. Esa prenda de nylon duro que sirve como poncho para repeler lluvia y nieve, bien doblada, cosida y plegadita, terminaba como un auténtico esférico lleno de plasticidad y resistencia. Picaba casi como la "Pintier" y se hacía difícil de dominar con semejantes botines militares, pero para Juan eran un desafío que sorteaba bien. En las horas de angustia se lo escuchaba canturrear canciones y aquellos bombazos de artillería que aturdian, los seguía con un "El matadooorrr", clásico canto de la hinchada que sacaba más de una sonrisa a compañeros y jefes en medio de la turba malvinera. A los compañeros les levantaba el ánimo tirando caños, es que ese gesto que le salía tan natural al apoyar la pelota y fingir un regate los hacía abrir las piernas y ¡¡ zácate !! ¡¡ Otro entubado !! gritaba mientras escupían plomo sobre sus cabezas. Para él, cantar en medio del combate de Tumbledown, era como copar Chacarita o Nueva Chicago.

Su tarea era más que difícil. En su instrucción, en la que se había destacado por tener una feroz puntería, lo hicieron tirador de MAG. Esa ametralladora pesada que debía batir la zona enemiga, con las mismas mañas que un ataque evitando el offside. Que se te atora la corredera, que se calienta más de la cuenta o la munición no llega a tiempo, eran sus preocupaciones, en realidad tiraba hasta agotar proyectiles y siempre desobedecía órdenes, al levantarse y poner sobre su cintura la MAG y tirar, tirar, insultar y provocar al rival. Como en los regates de Bello Meza o Carrizo cada vez que anotaba un gol o el mismo Tano Pasini.

Dicen que Rambo nació en Malvinas. Cuentan los ingleses que después de cada combate se los escuchaba nombrarlo, lo apodaron Pedro, el soldado enemigo que insulta y dispara a cara descubierta.

Del otro lado del monte, en medio de los impases que se permite la última guerra cuerpo a cuerpo, se escuchaba en idioma anglosajón un provocador; "¡¡Petdrooo!!!"

Escucharlo del mismo enemigo, es saber que el coraje no se negocia, y sus compañeros también lo sabían.

La lucha era brutal, superados en número con hambre y frío, combatían valerosamente codo a codo con Oscar. En un retroceso inglés, tomó su pelota de color verde duvet, y la lanzó hacia el enemigo, como entrando al área contraria con pelota dominada, y los que siempre fueron inventores del fobal, no lo podían creer. Recibió apoyo de fuego y consolidó la posición donde cayó la número 5. Un triunfo futbolero, como el gol de Grillo, una victoria épica en pleno campo enemigo. Un gol de Juan, o de Pedro.

¿Que dirán ahora esos gringos de Pedro?. Les ganó en su propio juego, los gambeteó a puro coraje y los hizo retroceder.

Con las horas de combate, la falta de apoyo, munición y bajas hicieron que la compañía se repliegue. Juan Domingo hizo fuego hasta que todos sus compañeros se retiraron, incluso su amigo Oscar al que cuidó como un hermano. Él no salió, una esquirla lo alcanzó mortalmente, quedó ahí, en el área enemiga y en suelo propio. Como caen los héroes, los que dan su vida por amor al prójimo y a su sueño. Cumplió su deber. Lo enterraron en enero de 1983 bajo el nombre de Pedro. En 2017 sus restos fueron identificados y Juan Domingo Horisberger tuvo su lápida en Darwin con su nombre, igual no le hizo falta, él siempre supo lo que quería ser.

 

 





Autor: Andres Ira
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